No quiero ser como Soraya ¡Conciliación Real Ya!
Desde Mi Saquito Mágico quiero haceros partícipe de nuestro particular interés por el tiempo que dedicamos a nuestros hijos, y a nuestras familias. El tiempo con nuestros hijos debería ser sagrado pues lo estamos dedicando a nuestra futura generación, a aquellos niños que mañana serán adultos y que harán lo que han aprendido. Si lo que aprenden es a no dedicar tiempo a los seres queridos nos estamos equivocando de camino.
En la última feria de Biocultura anote a algunas mamas y papas algunas webs de consulta, de reflexión y de reivindicación sobre el tiempo con nuestros hijos (que os pongo al final del post). Por y para todas aquellas personas que me preguntan o con las que charlamos tantas veces de cómo afecta nuestra vida laboral a nuestra vida personal hoy en día y para todos los que llegan a este blog por casualidad o no y están interesados en DEDICAR TIEMPO A NUESTROS HIJOS.
De mi propia experiencia laboral puedo deciros que cuando tuve a mi primer hijo se volvió absolutamente imposible para mi salir a las 7 de la mañana de mi casa y volver a las 7 de la tarde como era habitual antes de ser madre. Eran 12 horas fuera de mi casa que se hacían eternas. Tardaba unos 45 minutos mínimo en el trayecto tanto de ida como el de vuelta, por otro lado era imposible volver a medio día para comer en casa o simplemente para ver a mi hijo. El sufrimiento de pensar cada día en las larguísimas horas que mi hijo pasaba lejos de su madre eran una pesadilla.
Por aquel entonces vivíamos en Francia, y porque la ley lo permite, llegué a un acuerdo con mi empresa y estuve trabajando desde casa a media jornada durante aproximadamente 6 meses, además de mi baja maternal correspondiente. No tengo que decir que a pesar de los malabares que hay que hacer para dedicarle tiempo al trabajo desde casa, asegurarse los objetivos, desarrollar un trabajo competente 100% es al principio una tarea estratégica a estudiar, pero en ningún caso imposible. Tanto para mi como para mi empleador fue una experiencia exitosa. Puedo decir que fui una privilegiada en comparación con otras mamas de mi entorno, pero precisamente por eso lo valoré enormemente.
Cuando volvimos a España cambié evidentemente de trabajo, esta vez salía de casa a las 7,30h y volvía a las 18h, con suerte. Digo con suerte porque hacía verdaderos malabares horarios y con la comida para poder llegar a una hora “decente” para ver a mi hijo, bañarle, preparar la cena, cenar y dormir, desgraciadamente, poco más. Esto se traduce y el tiempo me da la razón, en una vida real de “vivo para trabajar” y no “trabajo para vivir”.
Sin embargo lo peor no eran ya los horarios a los cuales ya me había resignado, aunque evidentemente y sin faltar nunca a mi trabajo ni a mis responsabilidades eran demasiado prolongados. Lo peor de todo ni siquiera eran mis jefes, sino era la incomprensión de algunas compañeras de trabajo también mujeres e incluso madres.
Además, era costumbre entre mis compañeros y especialmente mi compañera, que no tenía gran cosa que hacer en su casa, salvo ver la televisión, el hacer todos los días horas extras. Cada día se quedaban más tiempo del normal, tanto si había trabajo como si no. Y puedo asegurar que en los últimos meses compartidos laboralmente, muchos meses, el trabajo escaseaba muchísimo, tanto que teníamos el despacho como la patena de tanto limpiarlo y colocar carpetas. También se podían ver horas y horas hablar a algunas personas en los pasillo de todo y de nada, menos de trabajo claro, y luego verles quedarse y/o marcharse a las 7 de la tarde… como mínimo.
En realidad no contaba el trabajo, sino las apariencias. Así que estábamos en una oficina cuyo fin fundamental era hacer ver que trabajabamos, pero no durante las horas de trabajo normales, sino durante las horas extras. Marcharse de la oficina a la hora era como “a ver quien es el valiente que abre el primero hoy la puerta”. A veces incluso llegaba a pasar vergüenza de marcharme. Y me direís bueno querían cobrar las horas extras, pero no, las horas extras no se pagaban, sólo se aparentaban. Y no digo que en alguna ocasión no hiciera falta realmente quedarse para entregar un proyecto. En esos casos, nos quedabamos todos y yo la primera. Pero la realidad era que las horas extras se hacían por sistema, cada día.
En Alemania si te quedas a hacer horas extras estás mal visto, no eres un buen trabajador porque no eres capaz de hacer tu trabajo en las 8 horas que te corresponden, pero parece ser que en nuestro país somos al revés, si no te quedas a hacer horas extras es que no tienes interés por tu trabajo!
Aún así, el verdadero problema vino al dar a luz a mi segunda hija. Los problemas vinieron al recuperar mi puesto de trabajo tras la baja por maternidad, la cual tuve la suerte de poder alargar hasta los 4 meses de mi hija, sumándole mi mes de vacaciones y la lactancia acumulada (1 semana y media más en total la mísera lactancia acumulada correspondiente por convenio). Fue entonces cuando me dolían las entrañas cada vez que dejaba a mi niña en la guardería para estar con desconocidos, competentes y cariñosos, pero desconocidos, cuando para continuar con la lactancia materna tenía que sacarme la leche a escondidas en el cuarto de baño en la hora de la comida, puesto que ya había aprovechado mi lactancia (laboral) de manera acumulada, fue cuando mi hija cayó enferma, fue cuando pasaba mis tardes a llamar a mi madre porque era ella y no yo quien llevaba a mis hijos al pediatra, ya que yo estaba trabajando…
En fin que podría seguir añadiendo cosas, pero el interés no es ese, sino el haceros saber que no estamos sól@s. Que somos muchos papas y mamas que cada día sufrimos y nos plateamos una conciliación diferente. Qué no estamos locos, que hay otros países en los cuales se realizan alternativas serias, implicadas y reales a la vida laboral y familiar. Somos muchos los que hoy reclamamos juntos una ¡Conciliación Real Ya!
Porque no tod@s somos Soraya… Porque la conciliación es una elección, pero ante todo es UN DERECHO, NUESTRO Y DE NUESTROS HIJOS.
“Si el tiempo es lo más caro, la pérdida de tiempo es el mayor de los derroches”.
Benjamin Franklin (1706-1790) Estadista y científico estadounidense
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